
Y aquella noche de carnaval te esperé en la puerta de la catedral.
Te esperé 5 horas, ni más ni menos, pero no apareciste.
Te llamé demasiadas veces para recordar cuantas y no cogiste el teléfono.
Subí a la barca de nuestros sueños, esa con asientos de cojines rojos y perfilados de oro, la que compré para nosotros.
Me puse mi máscara y salí a buscarte.
Era nuestra noche, la noche en la que te juraría amor eterno, la noche en la que nos besaríamos y nos cogeríamos de la mano, y saldríamos huyendo para alejarnos de los ruidos de la ciudad.
Me bajé de la barca en nuestro sitio especial.
Había una nota que decía: "Si no te abrazo en 24 horas creo que moriré."
Me di media vuelta y ahí estabas tú, sonriendo, y con los brazos abiertos para recibirme.
Desde ese día todos nuestros carnavales son especiales.

